DÍA INTERNACIONAL DE LA CULTURA CIENTÍFICA

Ciencia que escucha: una fecha para pensar en su relación con la sociedad

Especialistas del CONICET reflexionan sobre los lenguajes y formatos de la divulgación, y aseguran que el saber experto tiene mucho que aprender del público no especializado.


Especialistas del CONICET reflexionan sobre la cultura científica: Javier Garcia de Souza, Paula Bergero, Bárbara Dibene, Victoria Micieli y Sandra González. FOTOS: CONICET Fotografía/ Rayelen Baridon.

Es una efeméride muy nueva: la de hoy es apenas la tercera conmemoración desde que se estableció. Pocos meses antes de la pandemia por COVID-19, el Día Internacional de la Cultura Científica se celebraba por primera vez el 28 de septiembre de 2019 por iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) con la idea de visibilizar la importancia de la divulgación de la ciencia e invitar a los países e instituciones a llevar adelante actividades destinadas a escuchar y dialogar sobre esta rama del saber humano como herramienta transformadora de la realidad. La elección de la fecha responde a la primera emisión de la serie televisiva “Cosmos”, de Carl Sagan, transmitida en 1980 y vista por más de 400 millones de personas en sesenta países.

 

Con mucho menos historia que otros campos, la divulgación científica es un área de estudios en sí misma que no por reciente carece de una rica trayectoria que grafica los avances protagonizados. Comunicación o comprensión pública de la ciencia, popularización, democratización o socialización son otros nombres con que, a lo largo de diferentes momentos, contextos y lugares, se ha conocido al conjunto de actividades dirigidas a acercar el conocimiento científico al público no especializado. Con una evolución de cuarenta años, ya no se habla de “alfabetizar” a una sociedad ignorante, sino que se impone el concepto de cultura científica para dar cuenta de un escenario en el que se espera que las distintas audiencias sean cada vez más tenidas en cuenta como destinatarias de acciones que se adapten y dialoguen con las diversas realidades.

 

“Me gusta pensar en la cultura científica como una parte de la cultura construida y compartida por un pueblo, y que está incluida en su identidad. Para mí, no solamente incluye a los conocimientos científicos o su mirada particular del mundo, sino que también entra en diálogo con la historia, las tradiciones, las instituciones y sus protagonistas, que son propios de cada lugar”, opina Paula Bergero, investigadora del CONICET en el Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (INIFTA, CONICET-UNLP) con amplia participación en acciones de divulgación, y enfatiza: “Creo que la cultura científica no se imparte a las personas sino que se construye también a partir de la experiencia propia y de las emociones que hacen que la ciencia no resulte algo ajeno: aprender, pero también jugar con los fenómenos, sorprenderse, reírse, identificarse con las historias”.

 

Para Javier Garcia de Souza, investigador del CONICET en el Instituto de Limnología “Dr. Raúl A. Ringuelet” de La Plata (ILPLA, CONICET-UNLP-asociado a CICPBA), el concepto da cuenta de todas las acciones que se implementan “en busca de una mayor democratización del conocimiento y accesibilidad a partir de un diálogo de saberes, e incluso de aquellas iniciativas más transformadoras que buscan modificar las formas de producción del conocimiento; con esto me refiero a que no solo queden incluidos los saberes especializados o académicos sino también de otro tipo”. En este sentido, se reconoce confiado en que “actualmente vivimos una etapa en la que cada vez somos más las y los científicos que consideramos a la ciencia como un saber más dentro de la cultura”.

 

Ambos especialistas aseguran que esta noción de divulgación científica está presente en todas las propuestas de comunicación de la ciencia de las que toman parte. “Yo llevo adelante actividades a través del humor, el teatro, la educación ambiental, el trabajo territorial, y siempre están atravesadas por esta idea. Incluso en el último tiempo intento que mi misma labor de investigación sea cada vez más colaborativa y transversal”, apunta el investigador, dedicado al estudio del cultivo sustentable del pejerrey. Por su parte, Bergero asegura darle gran importancia a los conocimientos de las personas a la hora de pensar los contenidos y la manera de transmitirlos.

 

“Antes se pensaba que las personas eran ignorantes respecto de la ciencia, y que comunicar o enseñar era llenar eso de contenido como si fuera una caja vacía. Ahora, teorías más modernas entienden que hay una concepción de mundo que es propia de cada una y que la manera de aprender es ir incorporando y ensamblando lo nuevo en esa estructura que ya tenemos y que es personal. Nuestro aporte novedoso tiene que sumarse a eso sin interferir y ser capaz de convivir con otros conocimientos diferentes”, apunta la especialista.

 

Sistema científico e instancias de formación

 

Otro espacio de investigación del CONICET La Plata que le otorga gran valor a la comunicación de la ciencia e incluso ha organizado una comisión dedicada al tema bajo el nombre de Extensión y Comunicación Pública de las Ciencias es el Centro de Estudios Parasitológicos y de Vectores (CEPAVE, CONICET-UNLP-asociado a CICPBA). Integrantes de dicha área, Bárbara Dibene, becaria del CONICET, y Sandra González, profesional de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires (CICPBA) hablan de cultura científica como “el conjunto de conocimientos de distintas disciplinas y experiencias que permiten a las personas comprender el mundo, tomar decisiones a partir de información relevante para su contexto y participar, de acuerdo a sus posibilidades e intereses personales y colectivos, en espacios de diálogo y debate. Consideramos muy importante poder transmitir una idea general sobre el funcionamiento del sistema científico como parte esencial de nuestra sociedad y vida cotidiana, ya que la ciencia es algo que nos atraviesa todos los días”.

 

A la hora de pensar y planificar propuestas de extensión y comunicación desde este grupo, la consideración de cada público destinatario, su contexto sociocultural y posibles intereses es un aspecto clave. Como ejemplo, mencionan algunos proyectos de ciencia ciudadana del CEPAVE que, bajo el formato de sencillas aplicaciones para celular, permiten una participación directa de la comunidad a partir del envío de información y comentarios que ayudan a georreferenciar datos que luego se convierten en un valioso insumo para incorporar a las investigaciones. “Me parece fundamental que el sistema científico aprenda a escuchar en la misma medida que a transmitir, para compartir los saberes de otra forma”, señala Garcia de Souza, y ejemplifica: “En mis investigaciones, intento desarrollar técnicas para producir peces de manera sustentable: hoy sé que esa sustentabilidad no puede ser pensada sin sumar a otros sectores además del académico, y ahí es donde intervienen los saberes locales y ambientales”.

 

En su caso, a la par de su trabajo científico, en determinado momento decidió estudiar la Diplomatura Superior en Comunicación Pública de la Ciencia de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) cuando “en el hacer, sentí que necesitaba formarme en comunicación y educación, y me sirvió mucho para ordenar, contextualizar y conceptualizar todo lo que tenía para contar, además de enseñarme nuevas formas de articular acciones entre distintos sectores para enriquecerlas”, expresa. Coordinadora del área de extensión en el CEPAVE, González añade que “este tipo de espacios de formación son muy necesarios porque en general es difícil para la o el científico sin conocimientos de divulgación poder transmitir lo que hace de manera adecuada”.

 

En ese sentido, desde el CEPAVE subrayan la necesidad de que las políticas de evaluación de los organismos de ciencia y técnica reconozcan y valoren más estas actividades para promover las participaciones. “Creo que el sistema científico se ha ido abriendo y tendiendo puentes hacia el público no especializado. Yo no diría que tiene falencias, sino que atraviesa un proceso de transformación y apertura que aún no está completo: queda mucho por hacer pero soy optimista porque veo no solo cada vez más interés de las instituciones por comunicarse con el afuera sino también mayor demanda por parte de la comunidad”, reflexiona Bergero.

 

Por Mercedes Benialgo